sábado, 23 de julio de 2016

Un paseo más.

                Hace ya dos semanas que ella se marchó. Simplemente se fue.

            Llegué un día a casa después del trabajo y ella me esperaba en la cocina con sus maletas preparadas.

                -“Me marcho a casa de mi madre, ya no lo soporto más”- Dijo. “Llevo mucho pensándolo, necesito tiempo”

                Necesito tiempo necesito tiempo… ¡qué estupidez!, ¡qué  recurso tan manido!, ¡qué mentira tan cruel! Es la mayor de las cobardías que puedes hacer a alguien a quien un día amaste y que sabes que aún te quiere: dejarlo colgado, esperando un regreso que sabes que no ocurrirá. Nadie que de verdad piense que puede volver se marcha llevándose sus libros y dejando las llaves en la mesa, justo dónde siguen catorce días después.

                Supongo que ya estoy un poco mejor. Ayer abrí las ventanas (aunque siendo sincero, fue porque el olor a cerrado en mi habitación estuvo a punto de dejarme calvo cuando volví del baño) y hace  16 horas y media que no entro a su perfil de Facebook, a este ritmo dejaré de pensar en ella en un año y cuatro meses. En serio, lo he calculado.

                No puedo seguir así, necesito ir a comprar, y hoy he tenido que tirar la leche por el retrete  antes de que cobrara vida y me atacara. Tengo que salir a despejarme, así que me armo de valor y aunque son las 11 de la noche, me pongo una chaqueta, cojo mi mp3, la llave de casa y salgo por la puerta.

                Siempre me ha gustado caminar de noche por la ciudad, acaba de llover hace unas horas y se respira un aire fresco y tranquilo. No hay mucha gente en las calles y las luces se ven difuminadas en la limpia atmósfera.

                La primera canción que suena en mis auriculares es “Bad Moon Rising” de los Creedens. Alzo la mirada hacia la luna llena y pienso que parece tener una belleza tranquila, como si quisiera consolarme. No tengo ninguna meta en mi mente, así que me dirijo hacia la universidad, que se encuentra muy cerca de mi casa.

                Al pasar por delante de la fachada de la biblioteca veo algunas luces encendidas. Supongo que algunos estudiantes apuran la última noche antes de un examen mientras miran por la ventana cómo algunos de sus compañeros se emborrachan en los pubs cercanos.

                Acaba “Demons” (Imagine Dragons) y comienza “Cry me a river” mientras pienso que yo debería estar en la universidad, pero que no seguí estudiando por su culpa. Cuando acabé mi carrera quería estudiar un máster, pero ella quería que nos fuéramos a vivir juntos y necesitábamos trabajar para pagar los gastos, de modo que busqué un trabajo en una tienda y comencé a ahorrar para hacer el máster en el futuro. Cuatro años después tengo cuatrocientos euros en el banco, un alquiler que pagar a solas y una oportunidad perdida de haber perseguido mis sueños.

                Vale, lo admito, ahora estoy siendo cruel e infantil. Aquello no fue culpa suya. Después de 3 años de noviazgo yo también quería vivir con ella. La había conocido en tercero de carrera por un amigo en común al que hace años que no veo, la historia de siempre. De hecho creo que a Alejandro le gustaba ella, y que yo se la robé, aunque nunca lo supe seguro.

En cuestión de un mes nos vimos de forma fortuita tres o cuatro veces y siempre tuvimos conversaciones de horas, en las que comprendí que teníamos tantas cosas en común que no la podía dejar escapar. Después del tercer encuentro le pedí el teléfono y dos días más tarde fuimos al cine y nos besamos por primera vez.

Mientras “Enter Sandman” de Metallica me golpea recordándome que no debo pensar en Marta ni regodearme en el pasado, cruzo el parque al que solíamos venir por las tardes a pasar el día con su sobrino y comienzo a creer que tendré que mudarme de ciudad si no quiero pensar en ella. En el parque hay bastante gente pese a la hora. Por el camino central avanza una pareja que se da la mano mientras ella apoya la cabeza en el hombro del chico. Espero que sean felices y que ella nunca “olvide” llevarse las llaves al irse a casa de su madre. ¡Joder! Me estoy volviendo un imbécil. Ella es preciosa y se la ve muy enamorada, y él obviamente está en una nube. Aunque quizá algo tenga que ver el que esté aprovechando su altura para escudriñar entre  el escote de ella. R.E.M canta “Bad Day” en mis oídos mientras me obligo a desearles suerte mentalmente.

Sigo avanzando hacia el norte por una calle que solía recorrer casi a diario para ir a trabajar, y lo digo en pasado porque supongo que a estas alturas ya me habrán despedido. Al parecer dejarme guiar por mis pies me está llevando por las zonas de la ciudad que me son familiares. Un autobús se detiene en una parada frente a mí y mis ojos se fijan en una chica que está sentada en la última fila.

Se trata de una chica mona, pero no espectacular, con gafas, pelo negro y largo. Vamos, que si estuviera para esas cosas, sería justo mi prototipo, no como mi ex. Esta chica del bus, a la que mentalmente he llamado Liz, está con la cabeza apoyada en la esquina y su mochila abrazada contra el pecho. Tiene una mirada pensativa y cansada, como si terminara una larga jornada y fuera de vuelta a casa. Me llama la atención que no esté mirando el teléfono, algo casi extraterrestre, y me entran ganas de sentarme a su lado y compartir con ella mi auricular derecho ya que estoy seguro de que le encantaría “Big Girls Cry” de Sía.

                El autobús cierra las puertas y continúa su ruta. Obviamente yo no estoy dentro sentado junto a Liz y siento que no es la primera vez que pierdo una oportunidad. Me encojo de hombros y continúo caminando sin rumbo, escuchando “Good Golly Miss Molly” de Little Richard, y empujado por el ritmo acelero el paso mientras un grupo de chicas asiáticas salen de un pub irlandés. Al menos dos van totalmente borrachas y charlan entre ellas a una velocidad imposible mientras pasan a mí alrededor.

Me siento como si pasara entre un grupo de colegialas ya que ninguna me llega más arriba del pecho. Por un momento sonrío ya que me hace gracia ser arrastrado por un tsunami de asiáticas borrachas. Desde luego sería un final épico. Los Beatles finalizan “A Day in The Life” y Jhonny Cash comienza “Hurt”, supongo que mi mp3 ha decidido que lo que tocan son canciones melancólicas.

            Unos treinta minutos después llego al puente que pasa sobre la estación de tren. No estoy muy lejos de mi casa así que supongo que debo haber caminado en círculos, algo que no me extraña ya que realmente soy muy malo orientándome. Miro mi mp3 y al lado del nombre de la canción veo que aún me queda un veinte por ciento de batería, de modo que sigo caminando y escuchando “Man in the Mirror” de Michael Jackson.

           Siempre me ha gustado las vistas desde este puente, e incluso a veces me siento en la parada de autobús que está justo en medio sólo para disfrutar del paisaje, mirando a los altos edificios y hoteles de ambos extremos. Siendo más joven me imaginaba viviendo en uno de los áticos, montando fiestas y poniendo la música a todo trapo. Por su puesto nunca he tenido dinero suficiente para hacer algo así, y además mi gusto musical no suele triunfar en las fiestas, porque por buenas que sean “Roulette” de System of a Dawn o “Be my baby” de The Ronettes no son canciones para eso.

           Cinco por ciento de batería y me dirijo a mi casa escuchando “I Want to Break Free” de Queen acortando camino por un par de callejones. Por algún motivo acelero el paso, ya que siento que debo volver a casa antes de que acabe la música.

             Sentadas frente a un bar hay dos chicas bastante monas, una rubia y otra morena. Mientras la primera se maquilla, la otra charla por el teléfono. Obviamente deben de ser habituales del local, ya que les han dejado sacar los vasos llenos a la calle, que tienen en el suelo, justo entre las piernas. Es extraño, pero la escena me resulta familiar, supongo que no es la primera vez que me cruzo con ellas.

            Llego a un semáforo frente a mi casa justo cuando comienza “No puedo vivir sin ti” de Coque Malla. Adoro esta canción pero en este momento es como una puñalada. Acelero y cruzo la calle sin fijarme en el tráfico.

            En ese momento un coche me encandila con sus faros cuando estoy a medio camino de la otra acera. Segundos más tarde el mp3 agota su batería y cae al suelo sin que yo llegue a escuchar el final de la canción…

             Hace ya dos semanas que ella se marchó. Simplemente se fue.

         Llegué un día a casa después del trabajo y ella me esperaba en la cocina con sus maletas preparadas.


          -“Me marcho a casa de mi madre, ya no lo soporto más”- Dijo. “Llevo mucho pensándolo, necesito tiempo”…

sábado, 9 de julio de 2016

Amanecer a las cinco de la mañana

Amanecer a las cinco de la mañana

 Seguro que alguna vez te has despertado en un lugar nuevo y completamente desconocido, sudando desconcertado y preguntándote ¿Qué hago yo aquí? El terror de no recordar en qué momento entraste en aquel lugar, cuando decidiste que a la mañana siguiente amanecerías en aquella cama.

La luz de la madrugada entra por la ventana y te despierta inmisericorde. Cinco de la madrugada y apenas has descansado. Automáticamente te asalta un segundo sentimiento: la soledad. De repente te das cuenta de que no recuerdas a tu familia, a tus amigos, tu antigua casa. Tu espalda se queja y tus ojos no quieren abrirse.  Miras a la pared buscando la foto de tu novia, la imagen de tus amigos en aquel concierto o el póster de Pulp Fiction, y solo te saluda el color blanco, o si eres realmente desafortunado, un espantoso papel de pared estampado.

Lanzas tu mano hacia la izquierda para coger tu teléfono y comprobar la hora y el dolor te sacude al golpear la pared: ahora no tienes mesa dónde poner tus cosas al lado de la cama, así que toca levantarse y coger el móvil del escritorio. Lo siento, ya es tarde y te has desvelado, de modo que abres tu portátil y comienzas a escribir.

Hace meses que no escribes más de un párrafo y no sabes cómo empezar. Sonríes. Por fin un sentimiento que te resulta familiar.

Según las ideas van apareciendo y tus dedos flotan, tu memoria va regresando. No te han secuestrado y te han abandonado en ese lugar desconocido: tú decidiste venir. Hace unos meses, quizá unos años, comenzaste a ahorrar y hacer planes, pensando en buscar un futuro mejor, o  huir de un pasado complicado.

Decidiste con dolor dejar atrás a tu familia, a tus amigos, a tu mascota y a tu antiguo amor, incluso a tu preciada colección de libros. Otros quizá echen de menos su consola o su coche. Seguramente muchos si algo no añoran son el amor fallido que dejaron atrás, los problemas familiares, el paro, la monotonía y la falta de esperanza, No todo lo que tenías podía ser bueno o no te habrías marchado.

Monotonía… supongo que no es tan fácil huir de ella, ha venido contigo en la maleta, junto al disco duro portátil y tus dos libros favoritos. Los primeros días permaneció escondida debajo de la cama del hostal, agazapada para atacar cuando menos lo esperaras.

Te quedan 2 horas para vestirte y salir hacia el trabajo…

Cuando recuerdas esto último otras cosas vienen con ello: tienes un trabajo, quizá no el de tus sueños, pero suficiente para vivir por ti mismo y permitirte algún lujo, algo que quizá antes no podías: por fin algo bueno. Y así se te activa otra parte de la memoria.

No estás sólo, viniste con amigos, los cuales te han apoyado y soportado en tus malos momentos. Estás conociendo gente nueva, algunos, con suerte llegarán a ser tus amigos y permanecerán en tu vida, otros pasarán dejando atrás buenos y malos recuerdos.

También, afortunadamente, no eres un inmigrante como fueron tus abuelos, hablas cada dos días con tu familia, que siempre te pregunta cómo te va, y si necesitas algo. Tu madre coge el teléfono al primer tono, si no cuelga sin querer en el intento. Tu hermana te manda fotos de tu perro y tu padre, ¡oh milagro! Está aprendiendo a usar el teléfono móvil.

Por supuesto tus amigos siguen ahí, más lejos pero al lado. Seguís hablando durante horas por el mismo estúpido grupo de Whatsapp, pasando chorradas, contándote que si una quiere matar a su jefe o que si el otro ha encontrado algún chiste de humor negro… por describirlo suavemente. Lo mismo de siempre, y aunque sea a cinco mil kilómetros, se agradece.

La distancia, si sirve para algo, es para demostrarte quien está a tu lado pase lo que pase. Alguien dijo (y si nadie lo ha hecho yo reclamo la patente) que el hogar no es un lugar, sino la gente que siempre te acompaña y que hace tu vida mejor. No estás sólo, no realmente, y nunca lo estarás mientras tengas a esa gente pensando en ti. Estas lejos, que no es lo mismo. Estas viviendo una aventura, no un secuestro. Estas tratando de buscarte la vida, no malgastándola.

Has conocido gente que lleva aquí años y son felices. Han prosperado, han encontrado nuevos amigos, pareja, un pub donde ir tras el trabajo, un rincón favorito de la ciudad. También estas conociendo gente nacida aquí, que te ayuda y te guía. Buena gente, cómo alguna que está a muchos kilómetros y que hacen que Canarias siempre sea tu hogar. A veces te encuentras gente mala, por supuesto, personas con la que quieres tener la menor relación posible… nada nuevo bajo el sol, no podemos tener nosotros el monopolio de la estupidez.

Ya es la hora de irte a trabajar, la ducha te sienta bien, y el desayuno aún mejor. Te vistes, conectas los auriculares al móvil y sales hacia el trabajo. De nuevo, eres  afortunado y trabajas a menos de diez minutos caminando de tu casa, otros tienen un largo trayecto en autobús. El pequeño paseo y la buena música te acaban de levantar el ánimo. Ojalá hiciera buen tiempo, pero muchacho, sabías dónde venías ¿no?


Comienzas un nuevo día, con nueva gente, y nuevas esperanzas, sonriente sabiendo que, pese a que a veces me gane el desaliento, estas avanzando.


PD: Este relato, aunque adornado y con algunos detalles ficticios, es una historia basada en hechos reales, en mi vida y en la de algunos que, como yo, decidieron dar un salto hacia el vacío buscando mejorar en su vida,

lunes, 29 de febrero de 2016

Cruzando el río.

         El Reino del Alba había sido sacudido por guerras, pestes y sufrimiento desde los tiempos míticos a los que apenas alcanzaba la memoria. Sus fronteras estaban tan alejadas que ni siquiera aquellos que se consideraban sus gobernantes tenían claro el límite de sus dominios. Por todo el territorio la gente sufría durante años la incompetencia de aquellos que deberían haber velado por su felicidad, mientras estos guerreaban con sus pares por tierras yermas y ciudades destruidas por las propias guerras dirigidas a conquistarlas. Aquel estado de las cosas era tan inamovible que los habitantes creían que era su destino inalterable, marcado por los dioses creadores, ausentes del mundo por propia voluntad.

         Algunas leyendas hablaban de que más allá del horizonte, en dirección al anochecer existía un río que representaba la frontera entre la nación del Alba y el Reino del Crepúsculo. Aquella corriente de agua era extraordinariamente caudalosa y violenta en todo su recorrido, de modo que aquellos dos reinos estaban tan alejados como si estuvieran en mundos distintos. Tanto era así que el nombre real de este segundo reino era desconocido por los habitantes del Reino del Alba, y si lo llamaban Reino del Crepúsculo era simplemente porque querían creer que más allá del río debía existir algo diferente.

        En ocasiones algunas personas, cansadas del sufrimiento de sus vidas, decidían abandonar sus escasas posesiones en busca del río y del reino más allá de este, el único lugar que conocían que les ofrecía alguna esperanza de mejora. Partían sin mapas ni guías, pues nadie conocía el paradero del río. Algunos dirigían sus pasos hacia las cadenas montañosas del Este, con la lógica de que el río más grande del mundo debía nacer de las montañas más altas. Otros recorrían la costa, en espera de encontrar la desembocadura. Unos pocos preferían dejarse llevar por el azar en espera de un golpe de suerte. Lo cierto es que la gran mayoría volvía a sus casas agotados, pero había un pequeño número del que se perdía la pista.

        Esos escasos elegidos descubrían que el río era casi imposible de cruzar ya que la caudalosa corriente estaba repleta de remolinos y rápidos y todo su recorrido estaba protegido por escarpados precipicios imposibles de descender. Muchos descubrían que la etapa más larga de su viaje comenzaba cuando por fín encontraban el río, buscando sin descanso un paso hacia más allá de la corriente, y la mayoría llegaba a desesperar pensando que tal lugar no existía. Tantos suplicios y penalidades pasaban que, llegados a este punto, la mayoría de los caminantes perdían los recuerdos de su vida, de modo que muchos decían que el aire húmedo que surgía del río tenía la capacidad de borrar la memoria, y que en caso de caerse al agua, el desafortunado perdería todas sus vivencias e incluso su personalidad y esperanzas, lo que explicaba por qué nadie sobrevivía a caer al río, ya que simplemente se dejaban arrastrar y se ahogaban.

         Pero existía. En un punto indeterminado del recorrido, el río olvidaba su terrible carácter y avanzaba plácido por una amplia llanura, y justo en el centro, un ojo experto podría encontrar un pequeño paso, unos escasos metros en los que los constantes remolinos se relajaban lo suficiente para que algunos pudieran intentar el cruce. Aún con esto, lo cierto es que el trayecto era muy largo y difícil, por lo que aquellos que trataban de cruzar sin ayuda nunca conseguían hacerlo. Llevarlos más allá de aquel punto era el trabajo del barquero.

         El barquero era el único que había visto la otra rivera y había vuelto de nuevo a la nación del Alba, aunque nadie sabía si su lugar de origen era un lugar o el otro. Él era el único que había recibido permiso de los gobernantes del Reino del Anochecer para realizar aquel trayecto y ningún otro conocía el río tan bien como él. Cada vez que algún viajero llegaba a la orilla se encontraba un pequeño muelle de madera de color similar al marfil o al hueso, situado justo en una abertura del escarpado acantilado. Guiados por el instinto o bien por el agotamiento, todos se sentaban a esperar la llegada del barquero. Este llegaba a intervalos irregulares, y en ocasiones hacía esperar durante mucho tiempo a los caminantes, pero si algo era absolutamente inamovible era su petición de un pago por el paso. Siempre exigía dos monedas, le daba igual que fueran de oro, plata o bronce, pero siempre debían ser dos monedas iguales. Muchos llegaban totalmente arruinados y trataban de negociar, rogar e incluso amenazar, pero el barquero era alguien curtido y estricto, y jamás cedía a nadie que no pudiera pagar. Aquellos que no podían volvían sobre sus pasos o, casi siempre, trataban de cruzar por su cuenta, siempre con fatales resultados. Lo que nunca nadie había hecho era no intentar cruzar, ni siquiera con la ayuda del barquero, hasta la llegada del pescador.

         Un día, el barquero llegó como siempre en espera de nuevos clientes y se encontró con que en el extremo del muelle se encontraba sentado un hombre de aspecto juvenil y descansado. En raras ocasiones pasaba, algunos tenían suerte y encontraban “la ruta rápida” hacia el muelle, de modo que llegabas en buenas condiciones al embarcadero. Como siempre el barquero amarró su pequeña y plana embarcación y esperó a que su cliente le hablara, pero este se dedicó a mirar el paisaje mientras silvaba una alegre tonada y balanceaba sus pies colgados sobre el agua. El barquero sabía perfectamente que desde aquel punto no se divisaba la otra orilla, de modo que pensó que no tardaría en acercarse a él, sin embargo pasaron las horas, un pequeño grupo de caminantes llegó, pagó, cruzó y el barquero no volvió a pensar en aquel extraño joven pelirrojo, atento a los peligros del río.

         Días después, de regreso al embarcadero, se encontró con el pelirrojo de nuevo en el mismo lugar, aunque en esta ocasión tenía una rudimentaria caña de pescar en las manos y había remangado su pantalón para que no se mojara. Meneando la cabeza sorprendido, el barquero se apoyó en el remo y observó a su compañero de embarcadero, pero le llegaron nuevos pasajeros y tuvo que partir. Aquello se repitió durante días, e incluso, llevado por la curiosidad, el barquero comenzó a hacer mas viajes de los habituales, en espera de que el pescador rompiera por fin su silencio. Sin embargo, por primera vez en su vida, fue él el que dió el primer paso y se acercó al pescador: amarró su barca, colocó el remo en el suelo del embarcadero, y se sentó al lado del pelirrojo.

— Buenos días — Comenzó, pensando que era una forma de comenzar una conversación como cualquier otra.
— Muy buenos la verdad, ¿Que tal?
— Bien... — Aquello era más difícil de lo que creía — ¿Esto... que hace usted aquí?
— Pescar.
— Ya claro, pero... ¿por qué? Quiero decir... todos quieren cruzar y usted ni siquiera lo has intentado desde que llegó.
— Oh... bueno, estoy esperando a alguien. Eso creo al menos.
— ¿Eso cree? ¿A quién espera? Disculpe si me meto dónde no me llaman pero...
— No lo sé, no me acuerdo, pero estoy seguro de que ella llegará algún día.

El barquero, acostumbrado a la amnesia habitual en sus clientes, asintió comprensivo.

— Supongo que tampoco recuerda su nombre ¿verdad?
— Recuerdo que ella me llamaba Tommy, asi que supongo que me llamaré Thomas o algo similar. Es curioso, pero sólo recuerdo eso de ella, y que debo esperarla.
— Bueno, usted sabrá... bueno, disculpe que si le he molestado, vuelvo a mi trabajo. Si otro día le apetece hablar suelo estar por aquí. Y por supuesto, cuando llegue su amiga y decida cruzar sólo tiene que avisarme.
— Gracias, se lo agradezco, estos peces son muy callados y a veces me apetece una buena conversación

—¿Es usted la esposa del señor Thomas Sandler?

La chica rubia de largas ojeras, sentada en una silla al borde de la cama de hospital, asintió.

— Señora, tenemos que hablar sobre el estado de su marido.
— ¿Que quiere decir?
— Bueno... su esposo lleva en estado de coma varios meses, y no hay esperanzas de que vuelva en sí. Además aunque lo hiciera, muy probablemente pierda casi todo el uso de su cuerpo el resto de su vida. Creo que debería plantearse el que lo desconectemos de la respiración asistida, no hay esperanzas de recuperación y usted aún es joven y no creo que sea bueno que pase aquí su vida. Entiendo que no es una decisión fácil.
—¿Quiere que mate a mi marido? ¿Está loco?
— Señora, su marido ya esta muerto, le pido que lo deje marchar. La dejo tranquila. — El doctor sabía que en aquel momento aquella chica lo odiaba, pero la experiencia le había enseñado que en casos así era necesario que alguien usara la absoluta frialdad de la lógica, y en estos casos siempre le tocaba al médico, ya que los familiares no solían ser capaces de hacerlo. Seguramente aún tardaría mucho tiempo en tomar la decisión, pero tarde o temprano llegaría el momento, y era mejor que lo fuera digiriendo con antelación.


—¡Oh Tommy! La culpa es mía, si no me hubieras esperado, si yo no hubiera llegado tarde no estarías asi. — Dijo por enésima vez —Te quiero Thomas, siempre lo haré, pero creo que estoy siendo egoista atandote aquí, debo dejarte ir y yo debo seguir con mi vida, lo siento. Hasta pronto mi amor— Tras estó, María besó a su esposo y salió en busca del doctor.


          En un embarcadero lejano, el pescador sintió cómo un beso en el aire le llegaba con la brisa y dos monedas tintinearon en su bolsillo. Sonriendo, lanzó una última vez el anzuelo, esperó unos minutos y al ver que no picaba nada, recogió el sedal, dejó la caña sobre el embarcadero y se acercó al barquero con las dos monedas en su puño cerrado.


         Minutos después, María volvió junto a su marido, sólo para encontrarse cómo un médico daba fé del fallecimiento de Thomas.

       Cuando las enfermeras retiraron el desfibrilador la máscara de oxígeno de su marido, le permitieron acercarse a él, y entre las lágrimas le pareció que su marido sonreía.

jueves, 18 de febrero de 2016

Oscuridad

¿Alguna vez te has despertado a media noche y has sentido miedo?

Piénsalo, no mientas, te ha pasado. ¿Verdad?

Y ese miedo, ¿a que se debe? Estás en tu habitación, el lugar del mundo que mejor conoces. Todas y cada una de las cosas que te rodean han sido colocadas ahí por ti, seguramente puedes estirar la mano y coger lo que necesitas sin pensar en ello, y sin embargo, ahí sigues, aterrado bajo las mantas. Probablemente a tu lado está tu pareja, y tras la pared, en la habitación de al lado, tus padres o tus hijos, y sin embargo su presencia no te tranquiliza, sigues sintiendo miedo ¿Por qué?¿Qué te pasa?¿Que ha cambiado?

Sólo hay algo nuevo, algo que no controlas, la oscuridad. El miedo a la oscuridad ataca directamente a nuestros instintos, es un miedo animal, que sobrepasa las murallas de la racionalidad. La oscuridad no puede hacerte daño, pero da igual lo mucho que te lo repitas, el miedo siempre volverá. Puedes devolverlo a las cavernas de tu alma durante un tiempo, pero algún día, sin esperarlo, fallará la electricidad, o te despertará un ruido extraño y ahí estará de nuevo, al acecho.

Es difícil no sentir miedo cuando no sabemos qué nos rodea, cuando no sabemos qué puede pasar. Es por eso que no hay mayor oscuridad que el futuro, el no saber qué pasará mañana, qué será de nuestras vidas. Ambas cosas nos producen el mismo tipo de miedo irracional.

Muchas veces nos encontramos al borde de la oscuridad: al terminar el instituto y estar a punto de entrar en la universidad, al acabar la carrera, cuando creemos que alguien nos empieza a gustar, antes de comenzar un trabajo, antes de abandonar a nuestra pareja, antes de mudarnos a otro lugar... En estas ocasiones es cuando nos sentamos al borde del abismo y sólo vemos oscuridad.

A nuestras espaldas, la luz cubre nuestro pasado, lo vemos todo con claridad, nuestras familias, nuestros amigos, el amor... Es fácil ver todo lo que hemos hecho y pensar: “en esto me equivoqué” “En aquel momento debí haber hecho esto otro” “Debí haber sido más valiente” A la luz de la experiencia vemos nuestros fallos y nuestros aciertos. En frente nuestro, sin embargo, sólo hay incertidumbre.

Nadie puede saber que pasará en el futuro, es la oscuridad más impenetrable. Así que corremos el riesgo de quedarnos allí sentados, aterrorizados de avanzar, de saltar a la oscuridad. A muchos les pasa. A mi me ha pasado.

Como digo, es imposible no tener miedo al futuro. Pero hay algo que, si tienes suerte, llegas a comprender. Esa oscuridad que se extiende ante ti, no es más que tu propia sombra. Las alegrías y experiencias del pasado brillan a tu espalda, y es tu propia sombra, la sombra de lo que has vivido, la que te asusta y no te deja avanzar. Nadie sabe que pasará mañana, pero la oscuridad no la pone el futuro, la pones tú mismo. Es algo natural y no se puede evitar, pero si que hay una forma de despejar las sombras, seguir avanzando.